Mensajes de la Virgen María Reina de la Paz
del 25 de enero de 2010
Medjugorje, Bosnia Herzegovina
y reflexión del P. Francisco Angel Verar
«Queridos Hijos: que este tiempo sea para ustedes tiempo de oración personal,
para que en sus corazones crezca la semilla de la fe, y pueda crecer en
testimonio alegre para los demás. Yo estoy con ustedes y deseo exhortarlos a
todos: crezcan y alégrense en el Señor que los ha creado. ¡Gracias por haber
respondido a mi llamado! »
En el primer mensaje mensual del nuevo año, la Madre vuelve a invitar a sus hijos a
la oración personal. Este llamado
no es nuevo, pero tampoco se puede afirmar que haya sido muy frecuente. Es decir,
habitualmente María invita a sus hijos devotos a la
oración, pero sin llegar a precisar
si conviene que se haga personal, litúrgica, grupal o familiar. Tampoco advierte,
específicamente, sobre sus expresiones,
que pueden variar entre la vocal, la mental o la contemplativa. Tampoco
especifica sobre las formas, si
la adoración, intercesión, petición, acción de gracias o alabanza. Por lo común,
la Madre sólo invita en sus mensajes a que se persevere en la oración. Sin más.
Y que ésta se haga con el corazón.
Este mes, sin embargo, prevalece un criterio determinado: redescubrir la
importancia de la oración personal.
El
cristiano común que escucha oír el tema de la
oración personal, sabe de qué se
trata. La oración individual no excluye la grupal, la familiar o la litúrgica,
sino que es el fundamento de todas las demás y las asume. Probablemente, la
Virgen al ver desde el cielo a sus hijos —que intentan responder a sus múltiples
llamadas de perseverar en la comunión con Dios por medio de la oración—, percibe
que muchos no observan el justo equilibrio entre la oración personal, la
litúrgica, la familiar o la grupal.
Conviene
que se tenga en cuenta —antes de seguir adelante— que las enseñanzas de Jesús en
los evangelios sobre la oración, recaen siempre en sus diversas modalidades.
Nótese como el Señor enseñó: «Tu, en cambio,
cuando vayas a orar, entra en tu habitación y, después de cerrar la puerta, ora
a tu Padre, que está allá en lo secreto; y tu Padre que ve en lo secreto, te
recompensará» Mt 6:6. Y también dijo:
«Les aseguro además que se dos de ustedes se ponen de acuerdo en la tierra para
pedir algo, sea lo que fuere, lo conseguirán de mi Padre que está en los cielos.
Porque donde están dos o tres reunidos en mi nombre, allí estoy yo en medio de
ellos» Mt 18:19-20. Por otro lado —no se olvide—, que Jesús acudía
asiduamente los sábados a la oración litúrgica sinagogal e instituyó como
precepto, la nueva oración litúrgica de la eucaristía. Todo sumado indica, que
de las enseñanzas evangélicas la oración cristiana siempre se caracteriza por el
triple matiz: personal, litúrgico y grupal. No obstante, como se ha mencionado,
la oración personal será el
fundamento de las demás y la esencia misma de la vida cristiana. Tal y como fue
en la vida de Jesús.
El
Señor Jesús, por muchas ocupaciones que tuviera, jamás descuidó su
oración personal. Con frecuencia los
evangelios lo presentan orando a solas. Se observa que después de su bautismo en
el Jordán, se retiró al desierto para permanecer cuarenta días en oración. Lo
mismo cuando tuvo que elegir a los Apóstoles y en cada decisión importante.
También tenía la bonita costumbre de levantarse temprano para dialogar a solas
con su Padre, y al caer la tarde —después de despedir a la gente—, se le
encuentra nuevamente retirándose para pasar largos ratos en oración. ¿Y por qué
lo hacía? ¿Cuál era su método? Una pregunta parecida, le remitieron a la Virgen
en cierta ocasión, los videntes en Medjugorje: —«¿Cómo Jesús podía pasar toda la
noche orando sin cansarse, y cuál era su método?» Y la Madre respondió:
—«Jesús tenía un gran deseo de Dios y un gran
deseo de salvar almas». Quizá en esta misma respuesta se pueda
encontrar también la razón —pero en sentido inverso— del porqué hoy muchas almas,
han perdido el gusto por la oración.
Se podría afirmar que las almas que no
oran, han perdido el deseo de Dios y de la salvación de las almas.
La
Virgen pues, una vez más, invita a todos: a no descuidar el trato de amistad con
la Santísima Trinidad por medio de la oración individual. ¿Y cómo se debe
realizar este trato? Cómo la Iglesia enseña: a través de la oración vocal, la
meditación y la contemplación. Y con los recursos conocidos del rosario, la
Biblia, la Adoración a Jesús Sacramentado, las oraciones aprobadas por la
Iglesia y la Liturgia de la Horas. Sin descuidar, por otro lado, los espacios
reservados para el silencio interior. Recuérdese, que la
oración personal, particularmente, se
caracteriza por ser un diálogo en donde se le debe permitir a Dios hablar
directamente al corazón. Y por lo mismo la disposición del corazón es esencial:
las puertas abiertas sin ningún tipo de reservas.
En
el mensaje del mes la Madre especifica además, que por medio de la
oración personal
crecerá la semilla de la fe, porque
sabe que el mundo contemporáneo con sus luces y sombras —¡y quizá más sombras
que luces!—, necesita del testimonio alegre de los seguidores de su Hijo. Ella
sabe perfectamente —primero por experiencia propia en la tierra y luego desde su
condición magisterial en la patria de los bienaventurados cómo Madre del Buen
Consejo— que es por medio de la oración que se reduce el triste abismo que
existe en muchas almas, entre lo que se proclama y escucha en la iglesia y la
vida que cada fiel desempeña en la calle. La oración personal, entonces, es la
vía para que la semilla de la fe crezca y
madure.
La
tercera parte del mensaje también es importante. La Virgen dice: «Yo
estoy con ustedes y deseo exhortarlos a todos: crezcan y alégrense en el Señor
que los ha creado». Se sabe que la presencia prolongada de la Virgen
es siempre el más importante mensaje. Una vez más lo recuerda y recuerda también
el valor de sus mensajes exhortativos. De los cuales, el de este mes, es una
invitación a crecer espiritualmente por medio de la
oración personal, y llevar el
testimonio —como fruto de ella— con alegría.
Nótese que el llamado a la alegría
aparece dos veces en el mensaje. Primero como parte integral de la fe que se
desarrolla por medio de la oración personal,
y luego como virtud que se puede hacer vida, independientemente del llamado a la
oración. Porque dice en forma imperativa: «alégrense
en el Señor que los ha creado».
Entonces,
para este mes, hay un doble desafío: el de la
oración personal que hace crecer —desarrollar—
la semilla de la fe en testimonio alegre para los demás y el esfuerzo de vivir
cada cual gozosamente la vida. En verdad, ninguna de estas dos realidades deben
ser desafíos para el creyente en Jesús, porque sin oración no hay vida cristiana
y la vida cristiana es vida de alegría. Pero en la práctica, muchos creyentes,
al dejarse llevar del activismo, los problemas, las preocupaciones, las heridas
emocionales de la vida… terminan siendo un mal testimonio para los demás. De
donde resulta imperativo el llamado que la Madre vuelve hacer por medio de estos
dos conceptos esenciales. ¡Sea alabado Jesucristo!