Rosario de monotonías
Emilio José Siman
Muchas veces hemos oído decir que el rezo del rosario es muy monótono y anticuado. Sublime monotonía del amor maternal, antigüedad inmarcesible de los valores eternos, que no están sujetos a la contingencia de los tiempos, ni están limitados por la estrecha extensión de los espacios.
No hay mente humana capaz de abarcar ni de lejos todo lo ancho y lo hondo de un "Padre Nuestro", ni un corazón amante puede sentir toda la intensidad afectiva que cabe en un "Ave María", las dos sinfonías infinitas que son el mejor regalo que el cielo ha hecho jamás a la tierra.
Padre Nuestro que nos creaste a tu imagen y semejanza, inteligentes y libres, como frutos de tu amor. Tú, siendo Dios, eres nuestro Padre. Estás en el cielo, pero no eres un ser lejano, perdido en el infinito, olvidado de nosotros, sino que también estás en la tierra, velando continuamente por cada una de tus criaturas. Padre Nuestro, no sólo mío, sino que de todos los hombres, porque todos somos hermanos, porque tenemos el mismo Padre común, para enseñarnos que debemos amarnos horizontalmente como un reflejo de tu amor vertical.
Ave María, plena de gracia, el Señor es contigo, bendita entre todas las mujeres, la criatura más bella y más perfecta que jamás salió de las manos del Creador, Madre de Dios y Madre nuestra, que amas más que nadie a tus hijos de la tierra, que puedes más que nadie con tu Hijo del cielo.
Si tuviéramos un poco más de fe y de amor y de humildad, si meditáramos el contenido sublime de las dos oraciones divinas que se repiten en el Rosario, si pusiéramos en práctica un poco de su filosofía, el mundo podría resolver todos sus problemas y acabar con toda su miseria.
Es natural que sientan la monotonía del Rosario los que repiten automáticamente sus palabras, como loras que no pueden penetrar su hondo significado. Es lógico que no sientan su sabor los paladares atrofiados que han perdido el gusto por las cosas sublimes.
Antiguo es el cielo estrellado que contemplamos todas las noches y el sol ardiente que da vida, luz y calor a todos los seres animados que pueblan la tierra. Antiguo es el amor entre madre y el hijo, que traduce en la sublime monotonía de un coloquio íntimo y afectuoso.
Toda la vida, en fin, es un rosario de antiguas y sublimes monotonías, que sólo sabe saborear los placeres mundanos y el hedonismo de nuestros tiempos. Es verdaderamente lamentable que entre nosotros haya sacerdotes que pretenden infravalorar esta devoción siempre vieja y siempre nueva del Rosario, que los corazones cristianos saborean con tan hondo amor filial.
Como muy bien dice un distinguido prelado español: "es toda una carga doctrinal e histórica la que lleva consigo la devoción, tan reiteradamente recomendada en la historia por el magisterio de la Iglesia y tan fervorosamente vivida por el pueblo cristiano, que so sólo debe encontrar obstáculos para su continuación, sino que ha de recibir de ella los estímulos más insistentes para una mayor profundización, esplendor, difusión y aprecio."
"Tenemos que reconocerlo lealmente. Es un hecho comentado frecuentemente en todos los sectores de nuestro catolicismo.
Nuestro pueblo cristiano, en general, adolece de una grave deficiencia en su formación religiosa. El conocimiento de la religión, de sus dogmas, de su doctrina, de su moral, de sus enseñanzas, es muy superficial en el orden especulativo. Entre los métodos, técnicas y fórmulas empleadas para extender en el pueblo la religión, debemos contar con la que nos proporciona la catequesis del Santo Rosario. Porque el Santo Rosario es una magnífica escuela de religión para nuestros fieles, es una verdadera cátedra de enseñanza religiosa."
"Efectivamente, prescindiendo del origen de sus oraciones, de la excelencia de su estructura y de la eficacia de su práctica, contiene los principales dogmas de nuestra religión y el misterio de la historia de nuestra salvación. Resume la teología de la redención y la presenta de un modo accesible al alcance de todos, por muy corrientes y poco cultivadas que tengan su inteligencia."