Nuestra Señora de Pompeya

“Cuando el Santo Rosario es rezado bien, da más gloria
a Jesús y a María que cualquier otra oración.”
–San Luis María Grignion de Montfort

virgen

A cinco minutos de las ruinas de Pompeya, Italia, la gran ciudad romana destruida por el volcán del Monte Vesubio, se halla un lugar llamado Valle de Pompeya, en la ciudad de Campania. A la sombra del antiguo volcán, se erigió un Santuario Mariano a finales de 1800. El santuario está dedicado a Nuestra Señora del Rosario y esto, en recuerdo de la imagen de María que se encuentra en el altar mayor. La imagen representa a Nuestra Señora del Rosario y es una variación de los iconos marianos que representan a María entronizada. Ella es la Madonna reinante. Ella reina, pero es en sí misma el trono del Rey de reyes, Jesucristo su Hijo. Él extiende su mano bendiciendo y al mismo tiempo derrama la bendición del Rosario sobre el Santo que está a Sus pies.

Una crónica de 1891 afirmaba: “Hace veinte años la iglesia era pequeña y había sido dilapidada; la pobreza del lugar hacía imposible establecer una escuela; los habitantes eran supersticiosos y criminales, muchos de ellos eran ladrones.” Fue un laico y su esposa quienes cambiaron el rostro del Valle de Pompeya.

Bartolo Longo, fundador del Santuario de Nuestra Señora Reina del Rosario, nació en 1841. Hijo de un médico, Longo estudió abogacía. Fue durante su época de estudiante que él se unió a una secta y fue ordenado como sacerdote de Satanás. Se volvió abiertamente anticlerical y ridiculizaba públicamente el Cristianismo, haciendo todo lo que estaba a su alcance para revertir la influencia católica. Un buen amigo, Vicente Pede, eventualmente le mostró a Bartolo el amor y la ternura de Cristo. Hizo arreglos también para que conociera a un sacerdote dominico considerado santo, Alberto Radente. Este dominico tenía una devoción personal muy profunda hacia María Santísima y promovía ardientemente la devoción del Rosario.

Cuando Bartolo se convirtió y pidió ser bautizado, eligió como segundo nombre el de María. Él veía a la Virgen como “Refugio de Pecadores” y atribuyó su conversión milagrosa a la Madre del Redentor. En efecto, Ella fue el “Refugio” que lo guió a Cristo. Después de su bautismo, Bartolo María Longo quiso hacer penitencia por su vida pasada y servir a la Iglesia que atacó con fiereza. Hizo la promesa de trabajar por los pobres y desamparados. También publicó un folleto titulado “El rosario de Nueva Pompeya” y trabajó intensamente para difundir la devoción.

Una tarde, mientras caminaba por las ruinas de la capilla de Pompeya, tuvo una profunda experiencia mística que describió de esta manera: “Mientras meditaba en mi condición, tuve un hondo sentimiento de desesperación y quise suicidarme. Pero en ese momento escuché como un eco en mi oído la voz de Fray Alberto, repitiendo las palabras de la Santísima Virgen María: “Si buscas salvación, predica el Rosario. Ésta es la promesa de María.” Estas palabras iluminaron mi alma. Caí de rodillas: 'Si esto es cierto... no abandonaré este valle hasta que haya propagado tu Rosario.'”

3. Por eso, de acuerdo con las consideraciones hechas en la Carta apostólica Novo millennio ineunte, en la que, después de la experiencia jubilar, he invitado al Pueblo de Dios «a caminar desde Cristo», he sentido la necesidad de desarrollar una reflexión sobre el Rosario, en cierto modo como coronación mariana de dicha Carta apostólica, para exhortar a la contemplación del rostro de Cristo en compañía y a ejemplo de su Santísima Madre.
(Rosarium Virginis Mariae §2)

Bartolo María persuadió a la gente del lugar a que lo ayudara a limpiar y restaurar la iglesia derruida. Luego invitó a todos a rezar con el el Rosario una tarde. Sólo acudieron unos cuantos chiquillos que fueron más bien por curiosidad. A pesar de que el intrépido apóstol del Rosario visitó cada choza y cada granja de la región, distribuyendo rosarios, medallas y alentando a la gente, su apostolado no fructificó.

Bartolo no se amilanó, a pesar del poco entusiasmo que logró despertar en los pobladores del Valle de Pompeya. Así pues, se dio a la tarea de organizar esta vez un festival el Día de Nuestra Señora del Santo Rosario de 1873. Este primer esfuerzo también fracasó. Llovió a cántaros y el predicador habló en lengua italiana clásica en vez de usar el dialecto local que la gente entendía mejor.

Lo intentó nuevamente al año siguiente; su éxito no fue mayor, pero al menos pudo enseñar a algunas personas a rezar el Rosario. Al tercer año, invitó a los Padres Redentoristas para que llevaran a cabo una misión que duraría dos semanas. En preparación al evento, Bartolo María restauró completamente la pequeña iglesia.

La misión fue un éxito rotundo y suscitó una renovación que contó además con la bendición del Obispo del lugar. De hecho, sería el propio Obispo quien tendría la visión, que en el futuro la iglesia sería mucho más grande y se convertiría en en un importante lugar de peregrinación.

5. Pero el motivo más importante para volver a proponer con determinación la práctica del Rosario es por ser un medio sumamente válido para favorecer en los fieles la exigencia de contemplación del misterio cristiano, que he propuesto en la Carta Apostólica Novo millennio ineunte como verdadera y propia «pedagogía de la santidad»: «Es necesario un cristianismo que se distinga ante todo en el arte de la oración». Mientras en la cultura contemporánea, incluso entre tantas contradicciones, aflora una nueva exigencia de espiritualidad, impulsada también por influjo de otras religiones, es más urgente que nunca que nuestras comunidades cristianas se conviertan en «auténticas escuelas de oración».
(Rosarium Virginis Mariae §3)

Bartolo inició el proyecto de ampliación emprendiendo primeramente la búsqueda de una pintura de Nuestra Señora del Rosario para la iglesia. La única que pudo pagar fue una reproducción al óleo en papel. Pero, en ese tiempo, la ley eclesiástica mandaba que las imágenes sagradas fueran pintadas al óleo en tela o madera. Por tanto, la imagen adquirida por él tuvo que ser desechada. Alguien le habló entonces de una pintura de Nuestra Señora del Rosario que se guardaba en un convento y que había sido adquirida en una tienda de empeño por 3,40 liras. Longo la describió así: “No sólo estaba carcomida por los gusanos, sino que el rostro de la Virgen era, obviamente, el de una ruda mujer campesina... faltaba igualmente un pedazo de tela sobre su cabeza... su manto estaba cuarteado. Todo esto, sin mencionar lo horribles que eran las otras figuras. Santo Domingo parecía un lunático de la calle. A la izquierda de Nuestra Señora habían pintado a Santa Rosa. Esta figura la cambié posteriormente por la de Santa Catalina de Siena. Dudé en aceptar el regalo o rechazarlo... finalmente lo acepté."

Entonces se presentó otra dificultad: la imagen era demasiado grande para llevarla él mismo de Nápoles a Pompeya. Pero Bartolo finalmente encontró a alguien que se ofreció a transportarla en una carreta hasta la capilla. Cuando llegó, ¡resultó que la habían llevado encima de un montón de estiércol! Un pintor amateur intentó restaurarla y fue colocada en la iglesia el 13 de Febrero de 1876, aniversario de la fundación de la Confraternidad del Santo Rosario local. En 1880, el famoso pintor italiano, Federico Madlarelli, se ofreció para restaurar la imagen. Ésta sería restaurada nuevamente por pintores del Vaticano en 1965.

La imagen fue colocada primeramente en la pequeña capilla restaurada en 1875. Pero se decidió edificar una iglesia grande digna de Nuestra Señora del Rosario. Trescientos habitantes del lugar se comprometieron a aportar un centavo al mes para la obra. Los cimientos se pusieron el 8 de Mayo de 1876. En menos de un mes, comenzaron a ocurrir eventos milagrosos en el santuario. Se tiene noticia de cuatro curaciones. A partir de entonces, particularmente entre 1891 y 1894, cientos de milagros se han verificado en el santuario. Concluida la construcción en 1883, Bartolo declaró: “En este lugar elegido por sus prodigios, deseamos dejar para las actuales y futuras generaciones un monumento a la Reina de las Victorias, el cual ciertamente es indigno de su grandeza pero que habremos de enriquecer con nuestra fe y amor.” En 1894, Bartolo y su esposa, la Condesa Marianna Farnararo De Fusco, entregaron la nueva iglesia al Papado, bajo cuya custodia permanece hasta el día de hoy. La imagen fue coronada el mismo día de su entronización cuando se inauguró el nuevo santuario.

6. Algunas circunstancias históricas ayudan a dar un nuevo impulso a la propagación del Rosario. Ante todo, la urgencia de implorar de Dios el don de la paz. El Rosario ha sido propuesto muchas veces por mis predecesores y por mí mismo como oración por la paz. Al inicio de un milenio que se ha abierto con las horrorosas escenas del atentado del 11 de septiembre de 2001 y que ve cada día en muchas partes del mundo nuevos episodios de sangre y violencia, promover el Rosario significa sumirse en la contemplación del misterio de Aquel que «es nuestra paz: el que de los dos pueblos hizo uno, derribando el muro que los separaba, la enemistad» (Ef 2,14). No se puede, pues, recitar el Rosario sin sentirse implicados en un compromiso concreto de servir a la paz, con una particular atención a la tierra de Jesús, aún ahora tan atormentada y tan querida por el corazón cristiano. (Rosarium Virginis Mariae §6)

En 1965, después de la tercera restauración de la imagen, el Papa Paulo VI dijo durante su homilía: “Tal como la imagen de la Virgen ha sido reparada y decorada..., que también sea restaurada, renovada y enriquecida la imagen de María que todos los cristianos llevamos en nuestro interior.” Al final de la solemne celebración, el Papa Paulo VI colocó dos nuevas diademas preciosas sobre las cabezas de Jesús y de María, coronas que fueron ofrecidas por el pueblo.

Mientras se construía el santuario, Bartolo María Longo hizo muchas obras de caridad. Él y su esposa fundaron un orfanato para niñas. Las primeras niñas que acogieron fueron 15 pequeñas huérfanas, una por cada decena del Rosario. También estableció un hospicio para niños, hijos de presos y otro igual para niñas. Fundó asimismo las Hijas del Santo Rosario de Pompeya, un instituto religioso que cuida del santuario y de las casas educativas anexas a él. También estableció a los terciarios dominicos cerca del santuario.

En Octubre de 1883 inició una devoción conocida como “Súplicas a la Reina de las Victorias”, la cual se reza en el mundo entero, especialmente el 8 de Mayo y el primer Domingo de Octubre. Esto, en respuesta a la petición hecha por Nuestra Señora a una de las niñas sanadas en Pompeya: “Quien desee favores míos, deberá hacer tres novenas de petición y tres en acción de gracias, rezando cada día el Santo Rosario.”

El 21 de Octubre de 1979, el entonces Papa Juan Pablo II+ visitó Pompeya. El motivo fue una peregrinación nacional a Nuestra Señora de Pompeya. El 26 de Octubre de 1980, Bartolo Longo fue beatificado por el mismo Juan Pablo II quien lo llamó “el hombre de la Virgen” y “Apóstol del Rosario.”

Un dato curioso. Los rosarios que se muestran en la pintura de Nuestra Señora del Rosario de Pompeya tienen cada uno seis decenas. Esto, también, era costumbre de la época. A menudo la sexta decena era rezada por las intenciones de quienes gobiernan la Iglesia y por las obras apostólicas de la misma.

 
 
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