Nuestra Madre Santísima

«Ella es “omnipotente por gracia”, como, con audaz expresión que debe
entenderse bien, dijo en su Súplica a la Virgen el Beato Bartolomé Longo.
Basada en el Evangelio, ésta es una certeza que se ha ido consolidando
por experiencia propia en el pueblo cristiano.”
Rosarium Virginis Mariae, n°16

virgen

Poco antes de morir en la Cruz, Nuestro Señor nos dio a Su Madre Santísima en la persona de San Juan. Sí, en ese momento, Jesús dulcísimo hizo de Su Madre, Madre nuestra, Ella que estuvo al pie de la Cruz y aceptó la muerte de su Hijo porque era la voluntad de Dios.

Imagina lo que habrá sido convivir con Nuestro Señor, amarlo, cuidar de El, escucharlo, observarlo... ¡cómo se embebió María de Su espíritu! Y cuando llegó el tiempo de Su partida, al mirar esos dos bellos rostros humanos y Sus corazones, también humanos, podemos entender que Dios no quiere que nuestro corazón humano sea destrozado, sino santificado.

Después de la muerte de Nuestro Señor, El fue a alegrar a las almas en el seno de Abraham, pero dejó a Su Madre en la desolación. Y cuando resucitó de entre los muertos, Ella se regocijó al contemplar Su gloria. En la misma proporción en que María Santísima participó del sufrimiento de Jesús, también tomó parte de Su gozo. Fue por El que Ella se alegró.

¿Y qué hace María por nosotros hoy? Nos ama, nos cuida, se regocija en nosotros y se interesa por nuestras cosas. Desde que nacimos Ella nos tiene rodeados con sus brazos. Pero y nosotros, ¿qué hemos hecho por María? ¿Podemos y decir sinceramente: “Sí, yo he hecho algo por Ella en mi vida; siempre la he honrado y la he dado a conocer”? Pero debemos reconocer que muchas veces le hemos causado dolor. Con todo, hay algo particular a este respecto—podremos haberla hecho sufrir, pero nunca la hemos hecho enojar. Y es que Dios la creó así: llena de bondad y amor, sin capacidad para el enojo. Ella es la reproducción de la bondad, la misericordia, el amor, la compasión de Dios, pero no de Su justicia. María no se enemistó ni siquiera con los crueles verdugos de Jesús. Y cuando hacemos algo que enojaría a cualquier otra madre, el dolor que le causamos a la Virgen provoca simplemente que vuelva sus ojos a Nuestro Señor, suplicando piedad para nosotros. Como María nunca se enoja, tampoco resiente nuestras heridas, lo cual es un motivo más para nuestra vergüenza y dolor por haberla lastimado con pensamientos o acciones—esto es, si nuestro corazón está en el lugar correcto.

Un Santo dijo de María que era: " la ominipotencia suplicante " , porque Dios jamás rehusa su oración. Una vez que derrama su amor sobre nosotros, jamás lo retracta; nunca se aleja de nosotros—aunque nosotros nos alejemos de Ella; siempre nos mira con compasión y amor.

No hay miseria que María no pueda remediar, ni herida que no pueda curar. Y si nos aferramos a su manto y le pedimos que tome nuestra mano con la suya para llevarnos a su Divino Hijo, podemos estar seguros de que llegaremos a El. ¡Qué gran estímulo es entonces, tratar de difundir la devoción a la Virgen Santísima! Si tienes éxito en lograr que tan solo un alma la ame más, si puedes enseñarle a confiar en Ella, a recurrir a Ella—¡habrás hecho gran cosa! El alma que ama a María, amará la castidad y su guardián, la modestia; llevará una vida santa y morirá una muerte feliz. ¡Qué tan grande será el poder de María, cuando usa su “omnipotencia suplicante” para cambiar hasta el libre albedrío del hombre! Y si no, ¿cómo es que nos ha prometido que aquellos que mueran vistiendo su escapulario nunca irán al fuego eterno? Si María no tuviera los medios para cambiar los corazones, jamás hubiera prometido esta gracia—porque salvación significa morir con contrición. Así pues, Dios hará cualquier cosa por salvar un alma que ama a Su Madre, o que la amó alguna vez.

 
 
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