Toma mi Vida para que El se Salve

Es la hora a la cual los enfermos que han estado en la piscina de Lourdes son llevados de regreso al Asilo. Uno de los espectadores de esta escena impresionante, llena de miseria y sufrimientos atroces, es un ateo. Entre todos los enfermos, llama su atención una jovencita por la serenidad que ilumina su rostro, pero en el cual se adivinan los signos de una muerte inminente. Más que atraído por un sentimiento de sincera piedad, el ateo, que ve la escena como fanatismo religioso, quiere tener la satisfacción de recoger de labios de la chica la confesión de su desengaño por no haber sido curada. “¡Pobre pequeña, cuánto debes sufrir! Si tu Virgen fuera de verdad tan poderosa, te habrías curado. Si no lo ha hecho, es porque no existe.” Ante la insolente provocación del incrédulo, en vez de mostrar la más leve sombra de desilusión, el rostro de la jovencita se ilumina con una sonrisa maravillosa. “¿Curarme? ¡Pero si yo no se lo he pedido a la Virgen!” “¿Y entonces, por qué has rezado tanto?”, le preguntó el ateo. “Es cierto, hoy recé más que nunca. Sé que la Virgen escucha siempre a quienes la invocan. Y estoy segura de haber sido escuchada. Yo no cuento para nada, he rezado por la salvación de un alma.” Y mientras la fila de enfermos en carreolas se aleja lentamente, la pequeña enferma invita dulcemente al ateo a verse de nuevo más tarde.
Ante aquellas palabras inverosímiles, el ateo queda desconcertado. Habiendo averiguado la sala donde han llevado a la enferma, en la tarde se pone a buscarla. Por fin encuentra a la monja de guardia y ésta lo acompaña hasta el lecho donde él reconoce inmediatamente a la jovencita que ha conocido pocas horas antes. Su delgadísimo cuerpo está ahí, inerte; pero el rostro, aun más pálido, lo fascina por su transfigurada belleza. Intenta inclinarse sobre ella, pero bruscamente se reincorpora con el semblante descompuesto. “¿Muerta?”, exclama contrariado. “Sí,” le responde la monja, “poco antes de que Ud. entrara”. Los ojos del visitante de pronto se llenan de lágrimas; él mira conmovido a la jovencita fallecida sin musitar una sola palabra. Quien rompe el silencio es la monja: “Murió pronunciando estas palabras: ‘Nuestra Señora de Lourdes,toma mi vida, para que él se salve.’ No me cabe la menor duda que esta pequeña debe haber hecho un voto de ofrecer su existencia y consumar su sacrificio por una persona que le era querida.”
El ateo se siente preso de un vértigo. Pero en medio de su conmoción, cae finalmente en brazos de Dios que lo ha atrapado con Su gracia. Dos días después, en el pequeño cortejo fúnebre, él está ahí, siguiendo la procesión, sin poder contener el llanto. Es su pequeño tributo de acción de gracias a aquella pequeña que le ha alcanzado la salvación.
“La contemplación de Cristo encuentra en María su modelo insuperable.
El rostro del Hijo le pertenece a título especial. Fue en su seno que Él se formó,
tomando en ella la forma humana que evoca una intimidad espiritual
seguramente todavía mayor.
“Nadie se ha dedicado a contemplar el rostro de Cristo con tanta asiduidad
como María. Ya en la Anunciación, cuando concibió del Espíritu Santo,
los ojos de su corazón, de alguna manera, se centraron en Él. En el transcurso
de los meses siguientes, ella comienza a sentir su presencia y a presentir
su fisonomía. Cuando al fin ella lo trae al mundo en Belén, sus ojos de
carne se entregan tan tiernamente en el rostro de su Hijo, lo envuelve en sus
mantas y lo acuesta en un pesebre (cf. Lc 2, 7).”
Rosarium Virginis Mariae, n°10