Una Corona para la Virgen

“El Rosario es síntesis de todo el evangelio,
meditación de los misterios del Señor, sacrificio vespertino,
corona de rosas, himno de alabanza, oración de la familia,
compendio de vida cristiana, prenda segura del favor
celeste y de la esperada salvación.” —Pío XII

virgen

(Este antiguo relato era conocido aun antes que se rezara el Santo Rosario) Cuentan que cierto caballero muy devoto de la Virgen acostumbraba tejer diariamente con sus manos una corona de cincuenta rosas y con ella coronar luego una estatua de la Virgen. Esto le llenaba de emoción, de modo que su fe se hacía cada día más ardiente. La Virgen premió su constancia y fidelidad llamándole a consagrarse completamente al Evangelio, de modo que se hizo monje en cierto monasterio.

Fue allí hermano lego y su prior lo dedicó a las duras labores del campo, de modo que no le quedaba tiempo para continuar realizando su piadosa costumbre: ya no podía dedicarse a hacer coronas de rosas porque no disponía de tiempo lo que le llenaba de congoja y desasosiego.

Cierto anciano monje de su monasterio le sugirió que sustituyese su ofrenda de flores por una corona espiritual formada por cincuenta Avemarías. Y así empezó a hacerlo, pero no daba con ello paz a su alma, y sentía nostalgia de aquellos días en que como caballero secular podía dedicar aquellas hermosas horas al cultivo de sus rosas y al trenzado de su corona. Una extraña tristeza le invadía, tanto que pensó si debía abandonar el monasterio para honrar mejor a la Virgen. Probablemente a Ella, como a él mismo, le parecería poco sustituir las bellísimas y tan costosas rosas por simples y breves Avemarías. De todas formas pensó que debía por lo menos seguir el rezo y continuar fiel a él a pesar de su inquietud y sus dudas.

El Rosario, precisamente a partir de la experiencia de María, es una oración marcadamente contemplativa. Sin esta dimensión, se desnaturalizaría, como subrayó Pablo VI: «Sin contemplación, el Rosario es un cuerpo sin alma y su rezo corre el peligro de convertirse en mecánica repetición de fórmulas y de contradecir la advertencia de Jesús: “Cuando oréis, no seáis charlatanes como los paganos, que creen ser escuchados en virtud de su locuacidad” (Mt 6,7). Por su naturaleza el rezo del Rosario exige un ritmo tranquilo y un reflexivo remanso, que favorezca en quien ora la meditación de los misterios de la vida del Señor, vistos a través del corazón de Aquella que estuvo más cerca del Señor, y que desvelen su insondable riqueza».
(Rosarium Virginis Mariae, n°12)

El caso es que en cierta ocasión el prior del monasterio le envió a la ciudad con un cierto dinero para poder hacer las compras correspondientes, y allí marchó montado en su cabalgadura. Al caer la tarde recordó que aún no había cumplido su deuda de oraciones. Descendiendo de su caballo se recogió en silencio y se puso a recitar devotamente sus cincuenta Avemarías. Hete aquí que entre tanto unos ladrones le observaban desde el bosque. Ya estaban dispuestos a abalanzarse sobre él a robarle, cuando se vieron detenidos en su malvado intento por una sorprendente y maravillosa visión. Mientras el hermano, orando de rodillas iba piadosamente recitando sus Avemarías, se plantó ante él una hermosísima dama de extraordinaria belleza, dignidad y dulzura. A medida que el monje iba rezando, tomaba la Señora en sus manos unas flores que de los labios del caballero iban misteriosamente brotando. Cuando terminó el número establecido de Avemarías, aquella bella Señora terminó de formar una delicada corona con la que después ciñó su cabeza para a continuación desaparecer.

Los bandidos, tremendamente conmovidos, se echaron a los pies del hermano, que precisamente no había visto absolutamente nada, y le confesaron todo. El monje quedó vivamente impresionado y sintió un gran consuelo. Comprendió entonces que aquella mujer no era otra que la Madre de Dios, la cual aceptaba su ofrenda y premiaba así su generosa fidelidad. Se trata de una pura -y muy hermosa- leyenda. Lo cual no quiere decir que sea falsa o mentirosa. Es una leyenda religiosa y didáctica, apta ara mostrar algo importante y verdadero: que la oración tiene siempre un incalculable valor y belleza. (Tomado de El Camino del Rosario)

 
 
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