Un joven inquieto

“Por eso, esta oración de María, inmersa en la luz de Dios,
sigue al mismo tiempo abierta siempre hacia la tierra.
Hacia los problemas de cada hombre; hacia todos los
problemas humanos... hacia toda la misión de la Iglesia,
hacia sus dificultades y esperanzas.”
—Juan Pablo II

virgen

El creador de nuestro actual Rosario fue un polaco. Un extraordinario personaje, Domingo Helion. Nació cerca de Gdansk, en la costa, en el año 1382. Pasó a la historia con el nombre de Domingo de Prusia, porque en aquella época toda la costa pertenecía a Alemania. Él mismo escribió su autobiografía en su «Liber Experientiarum», el libro de sus experiencias.

Nació en una humilde pero honrada familia ribereña. Su padre era pescador. Murió cuando él era niño dejándole huérfano. Su madre, buscando algo mejor para su hijo que parecía bien dotado, lo envió a Gdansk a servir en casa de cierto predicador. Éste le enseñó el alfabeto y el Padrenuestro y le inició en la devoción al la Virgen. Siendo aún muy joven hizo un voto a la Virgen, que luego sin embargo se olvidaba de cumplir bien: «Santa María -le dijo a la Virgen-, ayúdame a estudiar mucho para que pueda llegar a ser sacerdote».

Con todo, no cumplió su promesa, pero en medio de sus juergas y aventuras siempre le quedaba una voz interior que le llamaba. En un momento de arrebato se decidió a ingresar en la Cartuja de Praga, pero al poco estaba de nuevo en Cracovia, practicando magia negra para ganarse la vida. En su desorden, de pronto era capaz de dar de una todo su dinero en limosna.

Marchó a estudiar a la universidad de Cracovia, donde en vez de estudiar se dedicó por desgracia a llevar una vida perdida jugando a los dados y bebiendo cerveza. En cierta ocasión, entró Domingo en una iglesia para pedir perdón por sus muchos pecados y desvaríos. ¿Sería quizá en Cracovia la famosísima basílica de la Virgen que en aquella época justamente estaba prácticamente concluida y que se alza hoy maravillosa en la grandiosa plaza del Rynek? El caso es que allí se le acercó una mendiga envuelta en una pobre capa azul pidiéndole una limosna. Le dio Domingo su última moneda. La vieja le prometió allí mismo que aquella moneda dada sería la redención de sus pecados.

Mucho más tarde Domingo reconocería que en los rasgos de la vieja mendiga que se le había acercado a la misma Madre de Dios, fiel a la alianza contraída con aquel niño de Gdansk. Inmediatamente comprendió que no le quedaba más remedio que entregarse por completo a su vocación e ingresó en la más severa de las órdenes monásticas, en la Cartuja de Tréveris, en Alemania, junto al río Mosela. La copia más antigua de su manuscrito autobiográfico se encuentra actualmente el Biblioteca de la ciudad de Tréveris.

El cristiano, aunque está llamado a orar en común, debe entrar también entrar en su interior para orar al Padre, que lo ve en lo escondido, (cf. Mt 6,6); más aún: según enseña el Apóstol, debe orar sin interrupción (cf. 1 Ts 5,17)».El Rosario, con su carácter específico, pertenece a este variado panorama de la oración «incesante», y si la liturgia, acción de Cristo y de la Iglesia, es acción salvífica por excelencia, el Rosario, en cuanto meditación sobre Cristo con María, es contemplación saludable. En efecto, penetrar, de misterio en misterio, en la vida del Redentor, hace que cuanto Él ha realizado y la liturgia actualiza sea asimilado profundamente y forje la propia existencia.
(Rosarium Virginis Mariae, n°13)

A pesar de ser bastante joven, Domingo de Helion se consideraba ya acabado, sin fuerzas para seguir viviendo, sintiéndose al final de su vida. Pero en la Cartuja de Tréveris la Providencia le hizo encontrarse con un extraordinario y valiosísimo prior, Adolfo de Essen, un alemán, que inmediatamente se percató de la valía interior de aquel muchacho atolondrado y que tanto había sufrido ya en la vida. En efecto, el novicio estaba tan acabado que se sentía incapaz de hacer la meditación. Ni siquiera de rezar con sentido una sola Avemaría.

Su maestro y guía solía rezar una especie de Rosario. No era nuestro actual Rosario: no tenía ni Credo ni Gloria, ni las Avemarías tenían aún una segunda parte de súplica, ni había misterios, etc. simplemente la repetición de las cincuenta Avemarías. Pero el prior había escrito incluso un librito sobre esta devoción, que había dedicado a una buena amiga suya que estaba pasando por un momento muy difícil de su vida, Margarita de Baviera. Adolfo, pensando ayudar al joven cartujo, le entregó el texto, advirtiéndole que nadie que, repitiendo cada día las cincuenta Avemarías, al cabo de un año no haya podido cambiar completamente su vida.

Así pues Domingo empezó con la práctica que su buen padre y consejero le había recomendado. Al poco tiempo, sin embargo, empezó a cansarse, pues le resultaba inútil y bastante aburrido. Pero logró encontrar el modo de convertir esta dificultad en una gracia, como suele suceder con los genios. En aquella época precisamente el prior Adolfo escribía otro librito de meditaciones sobre la vida de Cristo. Le entregó a Domingo su nueva obra, y ahí tenemos a nuestro novicio con un libro en cada mano y un montón de resistencia a la plegaria del corazón.

¿Y qué se le ocurrió hacer? Una síntesis providencial, juntando la repetición de las Avemarías con la meditación de la vida de Cristo, de forma originalísima. En efecto, al final de cada Avemaría, al llegar a la palabra Jesús, fue añadiendo una a una breves cláusulas meditativas correspondientes a los diversos momentos de la vida de Cristo. Un ejemplo:

Cristo es el Maestro por excelencia, el revelador y la revelación. No se trata sólo de comprender las cosas que Él ha enseñado, sino de «comprenderlo a Él». Pero en esto, ¿qué maestra más experta que María? Si en el ámbito divino el Espíritu es el Maestro interior que nos lleva a la plena verdad de Cristo (cf. Jn 14,26; 15,26; 16,13), entre las criaturas nadie mejor que ella conoce a Cristo, nadie como su Madre puede introducirnos en un conocimiento profundo de su misterio.
(Rosarium Virginis Mariae, n°13)

Dios te salve, María. Llena eres de gracia. El Señor es contigo. Bendita tú eres entre todas las mujeres y bendito es fruto de tu vientre, JESÚS, al que por el anuncio del ángel concebiste del Espíritu Santo. Amén. Luego, a cada una de las siguientes Avemarías iba añadiendo otras cláusulas distintas, desde la concepción hasta la muerte y resurrección del Señor. Y así hasta cincuenta, de modo que de pronto el Rosario empezó a tener un contenido meditativo variadísimo y riquísimo, guardando sin embargo una misma estructura repetitiva fija. Se ponía a rezar con toda calma cada Avemaría, susurrando luego cada cláusula, guardando un instante de silencio para saborear la escena evangélica evocada. Luego pasaba a la siguiente y así, hasta terminar todo su recorrido espiritual. El rezo de su Rosario podía llevarle cuando menos una hora, porque era un verdadero ejercicio de meditación. Aquella meditación hecha junto a María le dio una increíble capacidad de profundización en los misterios de Cristo y trajo al alma de aquel agitado novicio una nueva y bellísima paz de espíritu. El alma de Domingo empezó a sentirse cerca de Dios y una nueva felicidad lo colmó. Por fin y después de una larga lucha había encontrado en la oración un gran consuelo.

Existe un cuadro extraordinario en que ha sido representado el mismo Domingo el Cartujo. Se trata curiosamente de una obra de un grandísimo pintor español del siglo XVII, Zurbarán. El cuadro había sido usurpado en España por el estado cuando en 1836 se desamortizó la cartuja de Jerez y vendido al rey de Francia. Éste a su vez lo puso a la venta en Londres y Atanasio Raczynski, un magnate polaco, lo compró para su colección de Berlín. Posteriormente trasladó la colección a Posen, donde luego quedó en el museo Federico III. Actualmente está en el museo nacional de Poznan.

Los rasgos de la Virgen los tomó Zurbarán de un antiguo retrato de Margarita de Baviera. Así pues Margarita, Adolfo y Domingo son puestos en escena por Zurbarán para visualizar el mensaje que la Virgen quiere transmitirnos a todos nosotros, sus hijos tantas veces atribulados: «Permaneced conmigo en la meditación, en la oración continua. Ésta será para vosotros una fuente de consuelo en medio de las pruebas».

En el recorrido espiritual del Rosario, basado en la contemplación incesante del rostro de Cristo -en compañía de María-, este exigente ideal de configuración con Él se consigue a través de una asiduidad que pudiéramos llamar «amistosa». Esta configuración nos introduce de modo natural en la vida de Cristo y nos hace como «respirar» sus sentimientos.
(Rosarium Virginis Mariae, n°15)

Después del noviciado vivió Domingo siempre con gran fe y amor a Cristo y a la Virgen. También sabemos que durante toda su vida se vio afectado de grandes sufrimientos físicos y psicológicos, como él mismo fue contando en su «Liber experientiarum». Gracias a su rosario de cláusulas pudo encontrar fuerzas para ser fiel hasta el final a la promesa que había hecho de crío. María guió a Domingo a lo largo del misterioso camino de la vocación. Más adelante éste continuó su tarea de componer cláusulas para las Avemarías del Rosario, y llegó a las ciento cincuenta del salterio entero. Pasó a la historia con el nombre de Domingo de Prusia.

Son bastantes los teólogos y pastores que insisten en que debemos volver en parte a la espiritualidad de Domingo de Prusia y rezar el rosario de forma mucho más meditativa. Es curioso por ejemplo señalar que el actual Catecismo de la Iglesia Católica incluye el rosario entre las oraciones mentales y lo pone en paralelo con la «lectio divina», o lectura meditada de la Biblia. La figura de Domingo el Cartujo nos lleva a rezar el Rosario más lenta y meditativamente, dejando espacios de silencio, centrándonos más en los misterios de Cristo, apoyándonos en el Nombre de Jesús para hacer de él el eje principal del rosario. Se invita a iniciarse al rezo en solitario o en grupos pequeños antes de pasar a su recitación en grandes comunidades. La presencia de María, que guardaba en silencio todos los misterios de Cristo en su corazón, aparece ante nosotros cada vez más como el lógico espejo en que se formó Domingo Helion y en que nosotros aprendemos también a orar.

(Tomado de El Camino del Rosario.)

 
 
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