Conversión obtenida a través del Rosario

rosario

Un santo sacerdote, el Padre Clement, fue llamado cerca de la media noche para escuchar la confesión de un joven duque que acababa de sufrir un ataque de apoplejía. Se apresuró a llegar a la casa, cuyos moradores estaban sumergidos en la confusión, mientras los médicos trataban en vano de hacer reaccionar al paciente en coma. La noche transcurrió en medio de la angustia.

Al amanecer, el sacerdote acudió a una iglesia a celebrar la Santa Misa en una capilla dedicada a la Santísima Virgen. Justo cuando terminó la Misa, se le acercó un sirviente para decirle que su amo había recobrado la consciencia. Cuánto se alegró el sacerdote, al encontrar al joven -tristemente famoso por su vida disipada- penetrado por un hondo sentimiento de contrición, suplicando la misericordia de Dios más con sus lágrimas que con sus palabras, ofreciendo su vida en expiación de sus pecados.

El Rosario es también un itinerario de anuncio y de profundización, en el que el misterio de Cristo es presentado continuamente en los diversos aspectos de la experiencia cristiana. Es una presentación orante y contemplativa, que trata de modelar al cristiano según el Corazón de Cristo.
(Rosarium Virgins Mariae, n°17)

Fue con esta disposición que el enfermo se confesó y pidió el Viático. El confesor, impresionado, preguntó al penitente qué habría motivado a Nuestro Señor para realizar en su favor tan grande prodigio de misericordia. “Ay, Padre,” replicó el enfermo con la voz entrecortada, “¿qué más podría haber influido en Jesús sino la misericordia misma obtenida por sus oraciones y quizá por las de mi madre ya fallecida.” Esa buena señora, tenida en alta estima por todos a causa de su piedad, antes de morir llamó a su hijo único y le dijo: “Te dejo, hijo mío, un gran título y una gran propiedad, pero te exhorto a preservar más que esto el título de auténtico cristiano. ¡Cuántos peligros te acecharán en el futuro! En cuantos excesos seguramente te precipitará la gran fortuna que estás por recibir. Yo moriré pronto y no podré hacer nada para evitarlo... Te dejo bajo la protección de la Santísima Virgen. Le imploro que ocupe el lugar de Madre para ti. Hijo mío, si algún recuerdo guardarás de mí en lo que te reste de vida, si deseas mostrar algún signo de apego a tu madre que tanto te ama, prométeme que harás lo único que quiero pedirte; te costará muy poco: reza el Rosario cada día.”

“Yo le prometí que lo haría de todo corazón,” dijo el enfermo a su confesor, “y he rezado regularmente el Rosario. En estos últimos diez años fue mi único acto de piedad.” Al confesor no le cupo la menor duda de que fue la Madre de Dios quien le alcanzó la misericordia de Nuestro Señor. Así que exhortó al joven a redoblar su confianza en su sublime Benefactora y no lo abandonó hasta que exhaló su último suspiro.

 
 
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