La Sombra del Padre

“Las palabras de Isabel a María: ‘Feliz la que ha creído’
se pueden aplicar en cierto sentido también a José...
es el primero en participar de la fe de la Madre de Dios
y también en sostener a su esposa en esta fe.
Junto con ella, él es el primer depositario
del misterio escondido desde los siglos con Dios.”
—Juan Pablo II

Virgen y Jesus

Jesús es el tesoro más grande de Dios, junto con María, Su Madre. Y el Padre quiso preservar a Ambos, enviándoles un guardián: San José. Sí José se convirtió así en sombra del Padre, porque él fue la sombra de Dios Padre para Jesús y María. Fue la cercanía de Dios, el silencio amoroso de Dios, ese amor escondido que –como manantial– brota constantemente y se derrama en su entorno.

José vivió su vida entera con un sólo corazón con Jesús y con María, así se ofreció a Ellos totalmente. Y fue tan particular su actitud, su entrega que, salvando esos primeros momentos de desconcierto ante el embarazo de la Virgen María, se convirtió en el sostén del Hijo y la Madre de Dios.

No sólo protegió al Hijo y a su Madre, trabajó y veló por ellos incansablemente. ¡Quién pudiera penetrar los sentimientos de amor a Jesús y María que deben haber inflamado el justo corazón de San José! ¿Y quién podría enseñarnos mejor a amar a Jesús y a María que José? Santo y bienaventurado también él por haber creído esa anunciación que también él vivió a través de un ángel; “José, hijo de David, no dudes en recibir en tu casa a María, tu esposa, porque e$a ha concebido por obra del Espíritu Santo. Dará a luz un hijo y tú le pondrás el nombre de Jesús, porque él salvará a su pueblo de sus pecados.” (Mt 1, 20-21)

Durante la Fiesta de la Asunción, el Papa León XIII publicó la encíclica Quamquam Pluries. Y escribió: “... ustedes conocen los tiempos en los que vivimos; son poco menos deplorables para la religión cristiana que los peores días, que en el pasado estuvieron $enos de miseria para la Iglesia. Vemos la fe, raíz de todas las virtudes cristianas, disminuir en muchas almas; vemos la caridad en*iarse; la joven generación diariamente con costumbres y puntos de vista más depravados; la Iglesia de Jesucristo atacada por todo flanco abiertamente o con astucia; una implacable guerra contra el Soberano Pontífice; y los fundamentos mismos de la religión socavados con una osadía que crece diariamente en intensidad.”

¿Acaso no nos suena familiar esta situación? ¿Acaso no es la misma situación que viven la Iglesia y el mundo hoy?

León XIII anexó a la encíclica una oración especial a San José, ordenando que fuera añadida al rezo del Santo Rosario cada año en perpetuidad, durante el mes de Octubre.

Tenemos, pues, todas las claves y todas las respuestas para inflamar nuestra devoción a San José. Nuestra Madre del Cielo lo espera de nosotros, desea que veneremos a San José, que nos acerquemos más a él, que imploremos su auxilio e imitemos sus virtudes. Después de todo, San José es también el Patrono del triunfo del Corazón Inmaculado de María.

 
 
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