El Rosario, Una Oración Para la Familia

Al concluir la celebración de nuestro Jubileo de Oro en la fiesta de Nuestra Señora del Rosario, ofrezco estas breves reflexiones sobre los acontecimientos en la vida de la Sagrada Familia, y cómo pueden ser adaptadas a la vida familiar en el presente. Estos acontecimientos son llamados misterios porque sondean la profundidad de la vida de gracia de Dios en cada uno de nosotros y nos hacen un llamado a vivir la vida a plenitud, como lo hicieron Jesús, María y José. Ruego para que esta carta pastoral resulte en una renovada apreciación del Sacramento del Matrimonio y una oportunidad para promover una plena y saludable renovación espiritual de la familia en la Arquidiócesis de Miami. Tengo la esperanza de que esta carta inspire en el lector un deseo de recitar el Rosario diariamente y de reflexionar en los misterios con regularidad.

Los misterios del Rosario nos ofrecen oportunidades para profundizar en los episodios de la vida de una familia, la Sagrada Familia: Jesús, María y José. La Sagrada Familia ocupa un lugar especial en nuestra tradición católica porque sirve como modelo para la familia en cualquier época.

Al reflexionar sobre la Sagrada Familia, podemos conocer el amor, la devoción, la responsabilidad y el sacrificio de una madre y un padre adoptivo por un hijo, y el amor, el respeto y la obediencia de un hijo por sus padres.

Fundamentalmente, eso es lo que conlleva el llamado de cada familia. La Sagrada familia es especial no porque su vida fuera muy diferente de la suya y de la mía, aunque las circunstancias de la época y del lugar ciertamente han cambiado. La vida de la Sagrada Familia fue especial porque de esa familia vino el Redentor y Salvador del mundo entero. En esa familia nació el Hijo de Dios en la carne para ser el Camino, la Verdad y la Vida para nosotros. Pero la Sagrada Familia vivía un día a la vez, como lo hacemos nosotros.

Los Misterios Gozosos

La historia de la Sagrada Familia comienza con el anuncio de que nacerá un niño. La Anunciación es la noticia jubilosa, aunque desconcertante, sobre una nueva vida. Esta misteriosa concepción exige la confianza de parte de María y José ante los acontecimientos que no son comprensibles. “Con Dios nada es imposible”. La concepción de cada niño requiere la confianza en Dios para que la crianza de los hijos sea exitosa.

La escena de la Visitación demuestra la importancia que tienen los parientes para el bienestar de los miembros de la familia al compartir su alegría, su apoyo mutuo y su cariño. Las reuniones familiares, independientemente del motivo, deben fortalecer a cada uno de los miembros. Una vida familiar saludable debe ser defendida a como dé lugar. Las leyes siempre deben promover y fortalecer la vida familiar y la institución del matrimonio.

La Natividad es un evento común para todas las familias. Con cada nacimiento, renovamos nuestra admiración por el gran regalo que representa cada vida, por el ilimitado potencial que tiene cada persona para el bien. Toda vida viene de Dios y tiene un propósito especial en Su Divina Providencia. Los padres comparten en el amor creativo de Dios. Su amor, atención y ejemplo para los niños es el regalo más valioso que le pueden dar a sus hijos.

La Presentación de Jesús en el Tempo recuerda a cada padre católico su obligación de criar y educar a su hijo en la fe, como lo hicieron María y José. Le exige a los padres que sean el modelo de la práctica religiosa para sus hijos. La manera más efectiva que tienen los padres para enseñar a sus hijos es con su buen ejemplo. Ellos son los primeros maestros de la fe para sus retoños; las escuelas deben apoyar a los padres en sus responsabilidades.

El Niño Jesús Perdido y Hallado en el Templo demuestra que toda familia tiene sus problemas y ansiedades, como sucedió cuando Jesús se separó de sus padres y se extravió. José y María dieron por supuesto que el otro se estaba ocupando de Jesús. Este misterio señala cuán importante es la buena comunicación entre todos los miembros de la familia. La conversación de Jesús con los maestros de la ley también nos recuerda que no importa cuán inteligentes e instruidos podamos ser, Jesús siempre puede añadir algo más a nuestro conocimiento humano.

Los Misterios Luminosos

Aquí pasamos a la vida adulta de Jesús. San José no se vuelve a mencionar en las Escrituras, por lo que podemos suponer que ya partió a encontrarse con el Señor. María se ocupa de Jesús, y Jesús se ocupa de María. Según continuaba su relación adulta, vemos a Jesús realizando su obra de salvación como el predicador itinerante que emplea señales y milagros para demostrar su misión divina como el escogido de Dios.

El Bautismo en el Jordán es el comienzo del ministerio público de Jesús. Juan el Bautista lo llama el Cordero de Dios, lo que indica su semejanza al cordero que era sacrificado durante la Pascua y por cuya sangre los hebreos fueron liberados de la esclavitud en Egipto. Mediante su bautismo, Jesús inicia la misión de anunciar el Reino de Su Padre, de la misma manera que cada uno de nosotros recibe, por nuestro bautismo, la comisión para asociarnos en nuestra propia forma con la misión de la Iglesia. La parroquia ayuda a las familias a centrarse en pertenecer al Reino de Dios, no al mundo. El secularismo de nuestros días tiene gran influencia sobre las familias y las aleja de los valores espirituales. Pero con nuestra fe y la dirección de Jesús, podemos mantener nuestros valores familiares.

En la hermosa fiesta de las Bodas de Caná, nuestro Señor obró su primer milagro y elevó el matrimonio al nivel de un sacramento, un signo de que el amor natural del hombre y la mujer representa en la tierra el amor de Dios por su pueblo, un amor fiel, de sacrificio, y siempre lleno de perdón y misericordia. Jesús, María y los discípulos disfrutaron esta alegre celebración matrimonial como lo haría cualquier familia. Los sacramentos son sencillos signos naturales que nos elevan a un nuevo nivel. Participamos en la vida más allá de esta vida, la vida como Dios dispuso que fuera. Cada matrimonio católico se convierte en sagrado cuando Jesús está presente para ayudar con las necesidades de la pareja. La fortaleza de nuestra sociedad depende de la fortaleza de los lazos sagrados del matrimonio y de la vida familiar.

Se necesita una conversión permanente por parte de cada miembro de la familia si se desea la paz y la armonía entre todos los miembros. Es necesario confiar en la gracia de Dios. Sin ella no lograremos el progreso espiritual para vencer el pecado contra Dios y el de los unos contra los otros. Pero necesitamos buscarla a través de la oración, la confesión y la reflexión diaria sobre el amor del Señor y nuestras propias tendencias al pecado y al egoísmo. Todos nos herimos unos a otros de vez en cuando, voluntaria o involuntariamente. Debemos pedir disculpas y perdón, y cada uno debe tomar el primer paso hacia la reconciliación. La confesión regular es el recurso más eficaz para la conversión de corazón.

La Transfiguración de Jesús, cuando Él revela su poder divino a Pedro, Santiago y Juan en el Monte Tabor, evoca esperanza para cada uno de nosotros. El Padre nos ha dado su Divino Hijo amado y nos instruye que le sigamos. Al hacerlo, nuestras vidas también serán transformadas. La vida divina que Dios comparte con nosotros en el Bautismo puede comenzar a irradiar en nuestras vidas. Cada uno de nosotros, por la gracia de Dios, puede convertirse y se convertirá en hijo o hija de Dios, en quien Él se sentirá complacido. Eso significa que siempre debemos permitir que lo mejor de nosotros resplandezca, algo que sucederá con más frecuencia mientras más imitemos a Jesús, el Hijo amado.

La Última Cena Eucarística es la cena familiar para el hogar del Señor. De la misma manera en que cada día la cena familiar debe consolidar a los miembros de la familia en el amor mientras comparten una comida común, la Eucaristía dominical une a cada uno de nosotros en el amor del Padre. No se puede hacer un mayor énfasis en la importancia que debe tener para cada uno de nosotros la cena familiar cotidiana con la presencia de todos los miembros. Aquí comparten su vida, sus alegrías y sus tristezas. Aquí encuentran fortaleza, apoyo y esperanza. Mientras más comprendamos y apreciamos la cena familiar de cada día, más podremos apreciar la Eucaristía dominical con nuestra familia espiritual en la parroquia. Lo inverso también es cierto: una apreciación genuina de la Liturgia Eucarística dominical nos lleva a reflexionar su significado en la cena cotidiana con los miembros de la familia.

Los Misterios Dolorosos

En cada época, toda familia ha tenido sus momentos de sufrimiento y dolor. El sufrimiento puede ser espiritual, físico o emocional. Los malentendidos, las separaciones, la enfermedad, la depresión, la muerte, todo llega en nuestras vidas. Así también sucedió con Jesús y María. Ninguno de nosotros puede evitar dichas eventualidades. Aunque pueden ser representadas como negativas, si miramos a Jesús podremos aprender a aceptar esos momentos de una manera esperanzadora y redentora. El sufrimiento y la muerte de Jesús trajeron nueva vida para Él y para todos nosotros. La presencia constante de María en la vida de su hijo durante aquellos momentos de dolor, fueron premiados con la dicha de ver a Jesús después de la resurrección. Por haber creído, todo su dolor se convirtió en gozo.

La Agonía en el Huerto encuentra a Jesús en oración mientras el peligro y la muerte se avecinan. Las muchas desilusiones ante las debilidades de los apóstoles que Él mismo escogió, y de otras personas, se le hacen muy pesadas para sobrellevar. Cada uno de sus actos de bondad es respondido con actos de maldad, mentiras y rechazos. Toda vida tiene sus momentos de depresión y de pesar a causa de la incomprensión. El sentido del peligro inminente nos puede hacer sudar sangre, tal como le ocurrió a Jesús. La oración ante el miedo y el dolor nos puede ayudar a tomar del cáliz cuando este no se aparta de nosotros. Al encontrarnos solos en oración con el Señor, se nos recuerda que Dios siempre está con nosotros y nunca nos abandona.

La Flagelación en el Pilar fue un castigo muy cruel para Jesús. El cuerpo se hizo sagrado cuando Jesús se revistió de nuestra carne. Nuestro cuerpo humano es un regalo de Dios. En nuestros cuerpos reside nuestra alma, que nos hace a imagen de Dios y nos da la capacidad de vivir para siempre con Dios y de participar en actividades espirituales como la oración, la contemplación y la búsqueda de Dios. Infligir daño deliberado a nuestro cuerpo o al de otra persona, es dar mal uso al don de Dios. Debemos ocuparnos de preservar nuestra salud y de utilizar las facultades físicas y sexuales de acuerdo al plan de Dios. Desafortunadamente, la violencia doméstica es demasiado común en la actualidad. No se puede permitir que las presiones de la vida diaria se conviertan en excusa para la violencia familiar. La virtud de la modestia puede ayudarnos en este aspecto. La modestia nos enseña a respetar nuestros cuerpos y los cuerpos de otros. La manera en que actuamos y nos vestimos debe reflejar nuestra creencia de que somos templos del Espíritu Santo. La falta de modestia en la conducta y en el atuendo es una violación a la santidad del cuerpo. Los padres deben educar a sus hijos en la modestia.

La Coronación con Espinas tenía el propósito de ser una burla contra Jesús y su reino. Qué insulto debió ser esto para Jesús, quien muere para salvar a toda la humanidad. En muchas ocasiones, nosotros también insultamos a otros aunque no tengamos la intención de hacerlo, y en otras lo hacemos deliberadamente contra otros, familiares y amigos. ¡Qué abuso tan doloroso podemos cometer contra los demás con sólo emplear el don de la palabra! Podemos infligir mucha crueldad a familiares y amigos al hacer observaciones crueles, al mentir y al maldecir. En nuestros días, el lenguaje hermoso, bueno y limpio ha cedido el lugar a una forma de hablar vulgar, despectiva y despiadada. Aunque la sociedad en general se manifiesta de esta manera, las familias no deben tolerar estas vulgaridades en el hogar o en cualquier otro sitio. Nuestra vida en comunidad debe procurar un mayor respeto mutuo mediante el tipo de lenguaje que usamos con los demás. El don de la palabra debe ser empleado para realzar la vida, no para degradarnos mutuamente.

Al cargar con su Cruz, Jesús nos dio un ejemplo. Cada uno tiene una cruz que cargar. Por eso Jesús tuvo una: Él fue como nosotros en todas las cosas, excepto en el pecado. Las cruces llegan a toda vida y toda familia. La Cruz de Jesús fue el peso de nuestros pecados, no de los suyos; nuestros pecados se convierten cruces para nosotros y los demás. Al abrazar su Cruz con amor, Él modeló para nosotros lo que significa el misterio de la cruz. El aceptar la cruz con amor nos identifica con Jesús y nos lleva del egoísmo al altruismo. Ofrecer nuestras cruces diarias por otros es la manera en que muchas almas se santifican; el sufrimiento por los demás ha llevado muchas almas a Dios. La Cruz de Jesús trajo la salvación a cada uno de nosotros. Los padres cargan cruces por sus hijos, y a los hijos se les debe enseñar a cargar sus cruces por sus padres y por otras personas.

La Muerte de Jesús en la Cruz como un ladrón ordinario fue ignominiosa y degradante. Probablemente ninguno de nosotros morirá de esa manera, pero la muerte nos llega a todos. Es parte de la vida; es parte de cada familia. No tenemos control sobre la manera en que moriremos. Es una bendición que alguien pueda morir rodeado de familiares y amigos que oran y esperan la llegada del Señor. Cuando nuestros seres amados se encuentran gravemente enfermos, debemos llamar a un sacerdote para que les administre el sacramento de la Unción de los Enfermos, y toda la familia debe unirse en oración diligente. Del mismo modo, cuando llega la muerte, la familia debe recordar el deseo de la Iglesia de orar por el difunto, de tener una Misa fúnebre apropiada, de que se ofrezcan Misas por el fallecido, y de que la familia visite el lugar donde fue enterrado para orar. Nuestra creencia en la comunión de los santos nos enseña que la muerte no es el fin de nuestra relación con los seres amados; la relación solamente cambia y esperamos la gran reunión con ellos y con el Señor para toda la eternidad.

Todas nuestras familias experimentan el sufrimiento y la muerte de una manera u otra. En nuestros tiempos, el abuso conyugal, el abuso infantil, y la violencia doméstica aumentan el dolor en muchas familias. El dolor de cada sufrimiento y cada muerte puede culminar en una radiante resurrección, en el regreso a la nueva vida. Esa es la enseñanza sobre los acontecimientos que vivió Jesús en la Semana Santa.

Los Misterios Gloriosos

Cada familia tiene momentos de gozosa celebración. La Resurrección de Nuestro Señor fue recibida con gran emoción por María, los apóstoles y los discípulos cuando vieron a Jesús. ¿Se pueden imaginar el reencuentro de Jesús y María después que Él hubo resucitado? En la Ascensión, Él los dejó para preparar un lugar para ellos y para nosotros en la mansión del Padre, donde quiere vivir junto con nosotros. La vida en la tierra es sólo la puerta hacia la vida que compartiremos con el Señor eternamente. Estamos destinados por Dios a ser miembros de su familia para siempre; Su casa será nuestra. La vida aquí es temporal; la vida con Dios es eterna.

El acontecimiento de Pentecostés transformó a los apóstoles reunidos con María en el Cenáculo. El mismo Espíritu, a través del Bautismo y la Confirmación, forma a los discípulos de Jesús en todas las épocas. A través de la gracia del Espíritu Santo, las almas vacilantes y temerosas son transforman en fuertes hombres y mujeres de fe. La clave de este cambio es un corazón dispuesto y amoroso, abierto a la inspiración del Espíritu Santo. Las celebraciones familiares de este tiempo enfatizan nuestra vida en el Señor y en su Iglesia, y de ellas los niños pueden aprender que la vida de Dios es una parte esencial de nuestra vida familiar. Su familia ha disfrutado la emoción de una nueva vida, bautismos, confirmaciones, matrimonios, ordenación de un miembro de la familia como diácono, sacerdote, obispo o la consagración como religioso o religiosa. Otras tradiciones familiares personales se encuentran entre sus recuerdos más queridos.

Padres y madres ocupan sitios especiales de honor en estas reuniones familiares, y está bien que así sea, pues ellos son la fuente de vida, estabilidad y dirección para los miembros de la familia. Así, María también tiene un lugar especial en la casa del Señor. La Asunción de María nos asegura, al precedernos en cuerpo y alma en el cielo, que también estamos destinados a estar en el cielo. Allí, con el Padre, ella ocupa un lugar de primacía después de su Hijo, Jesús, el Rey. Ella es la Reina del Cielo. La madre de Jesús tiene el privilegio de ir directamente hasta el Señor porque ella tiene esa gracia especial. Se nos ha prometido que si seguimos los mandamientos de amor del Señor, nos uniremos a Él, a María y a todos los santos en nuestro hogar celestial cuando Él regrese para el juicio final. Y nos reuniremos con todos nuestros seres amados que nos han precedido en la fe.

Conclusión

La vida familiar debe ser una reflexión, una preparación y un anticipo de la vida en la casa del Señor a la que todos estamos llamados e invitados a vivir. El Cielo es nuestro destino. Dios Padre nos espera. Dios desea compartir su vida con su familia para siempre. Sin embargo, esta comienza aquí en la tierra, en cada familia, con la ayuda de Dios.

Que esta reflexión sobre la vida de la Sagrada Familia a través de los misterios del Santo Rosario aumente en cada uno de nosotros el deseo de disfrutar a plenitud la vida que Dios nos ha regalado en el Bautismo. El Rosario nos recuerda a la Sagrada Familia, cuya vida sencilla aún hoy nos sirve como ejemplo.

Incluso en nuestra sociedad compleja y sofisticada, con todos sus desafíos, es el deseo genuino de sencillez lo que conduce a la santidad de la vida. La Sagrada Familia es nuestro mejor ejemplo para vivir en familia. Oramos para que Jesús, Nuestro Señor; San José, Guardián de la Iglesia universal; y María, Nuestra Señora del Rosario, iluminen, inspiren y guíen a todas las familias en la Arquidiócesis de Miami hacia una plena vida de santidad. Que cada miembro de cada familia pueda disfrutar la paz que sólo llega al caminar a la luz de la fe por los senderos del Señor.

 
 
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