El Buen Pastor y El Rosario

Pocas cosas habrá tan enlazadas con el Rosario, como la parábola del Buen Pastor. Jesucristo es la puerta por donde entran las ovejas. El que tiene fe, esperanza y caridad, entra en el cielo. El Rosario es el Evangelio, como dice el beato Pío XI. La contemplación de sus misterios y la oración constante nos alcanzan esa fe, esperanza y caridad, y ese cielo. Jesucristo llama a las ovejas por su nombre; oyen su voz y no escuchan la voz de los extraños. Acostumbrados en el Rosario al trato familiar con Jesús, conocemos su voz, acudimos a El, nos conoce, huimos de los extraños y escapamos del error, como de una sierpe que encontremos en el camino. Es sorprendente la fuerza que hay en el Rosario contra el error y malas costumbres.
Jesús va delante de sus ovejas; así lo hacía el Pastor en Palestina; le siguen. ¿Quién no ve que el Buen Pastor va delante de nosotros en el Rosario con sus ejemplos? Nos lleva a las aguas vivas que saltan hasta la vida eterna; nos pone en medio de la abundancia con su doctrina, sus sacramentos, su gracia de tantas clases, que nos ilumina, esfuerza y santifica, regenerándonos. Nos da vida vigorosa, que produce fruto de treinta, de sesenta y de ciento. Conoce a los suyos con afecto de amistad íntima, y aprueba sus sentimientos y sus obras. Tan íntima es esa amistad, que los compara con la que El tiene con su Padre, cuya naturaleza es la misma que la suya. Dice que El es la vid v nosotros los sarmientos. Con la vida y ejemplos de María, que es la divina Pastora, están enlazados los misterios y ejemplos de su Hijo. Son inseparables de los suyos. Ella también conoce a sus ovejas, y las llama por su nombre; las ovejas, a su vez, la conocen, oyen su voz, la entienden y la obedecen.
María vive mirando a Cristo y tiene en cuenta cada una de sus palabras:
«Guardaba todas estas cosas, y las meditaba en su corazón» (Lc 2,19; cf. 2,51).
Los recuerdos de Jesús, impresos en su alma, la acompañan en todo momento,
llevándola a recorrer con el pensamiento los distintos episodios de su vida junto
al Hijo. Han sido aquellos recuerdos los que han constituido, en cierto sentido,
el «rosario» que ella rezó constantemente en los días de su vida terrena. |
Recemos todos los días, sin que falte uno solo, el Rosario. Amemos a María, que nos la dejó por Madre en testamento el Redentor moribundo. ¿Cómo persuadir con eficacia a que se rece el Rosario con piedad verdadera todos los días? A que se rece en privado y mejor en familia. Es práctica admirable, venida del cielo e inculcada repetidas veces por la que más desea nuestro bien. Es eficaz para convertir a los pecadores más endurecidos y a los herejes más obstinados. Si tenemos buen deseo y constancia en el rezo del Rosario, tendremos en esta vida la gracia; en la otra, la gloria. En los átomos puso Dios fuerza insospechada. La del Rosario, aunque oculta y escondida, es tan grande, que no se puede medir. Hay en el Rosario energías incalculables.
Escribe San Grignón de Monfort, que el sacerdote a quien el Espíritu Santo haya descubierto las grandezas del Rosario, hará más en un mes que muchos predicadores en largos años. Es compendio de la vida, pasión y muerte del Señor. Es gloria de Jesús y María. En las dudas, en las tinieblas de espíritu, en la multitud de enemigos, en los casos imprevistos, tan variados como repentinos, encontrarás en el Rosario luz, fuerza y victoria.
Jesucristo oraba con frecuencia y en todas partes: en el templo, en los caminos, en los montes. Jesucristo nos exhorta con estas palabras: «Pedid y recibiréis; buscad y encontraréis; llamad y se os abrirá». ¿No dará el Señor su buen espíritu al que se lo pidiera? ¿No le dará la salvación? ¿No la penitencia final? Insta Jesucristo al decir: «Pedid, buscad, llamad». Quiere fe, quiere humildad; el que pide es mendigo de Dios; quiere perseverancia y confianza. Antonio Arias, S.J.