Un milagro de Fe y de Amor
Emilio José Siman
El fervor religioso de los irlandeses es proverbial en todo el mundo. "Los domingos íbamos a misa," escribe el padre Peyton. "Literalmente todos asistían, en invierno o verano, en días lluviosos o asoleados. Pocos tenían paraguas o capas en aquel tiempo. Muchos viejos estaban abatidos por el reumatismo o diversos dolores de espalda, como premio para los que han llevado sobre los hombros pesadas cargas muy lejos y por muchos años. Pero nada que fuera un impedimento total los detenía para asistir."
"Ayudar a misa era uno de los más altos honores. Empecé a la edad de nueve años. Pronto no estaba contento con ayudar a una misa. No sólo me sentía fascinado de ser acólito, sino que había abrigado la secreta ambición de ser sacerdote. Nada hubiera dado a mis padres y ciertamente a todos los miembros de mi familia mayor placer que ver a uno de nosotros abrazar el sacerdocio. Pero ninguno de ellos quiso alentar mis esperanzas." ¿La razón? Que eran muy pobres y no tenían dinero para pagar ni siquiera los estudios primarios.
Pronto tuvo que renunciar a su propósito. Obligado a trabajar como simple mozo, sin esperanzas de mejorar económicamente, decidió, por fin, ir a América. "La economía nacional estaba arruinada por la larga lucha por la independencia. En Irlanda los empleos no crecen como árboles. Iré a América y regresaré hecho un millonario". Escribió a sus hermanas, que le habían precedido para que le mandaran el pasaje. No se dudaba que lo harían. "En nuestra familia ya se daba por descontado que todos tenían la disposición de ayudar."
Pero hacerse millonario, aún en los Estados Unidos, no es tan fácil. Tuvo que empezar a trabajar como mozo en obras de construcción, hasta que su hermana le consiguió un empleo en Catedral. "Nuevamente fluyó en mi alma toda la alegría y la paz que sentía en la pequeña capilla", de su pueblo natal. Cuando barría o hacía cualquier otro trabajo humilde, "volvía mi cabeza hacia el Tabernáculo y reverenciaba a nuestro querido Señor, escondido sacramentalmente detrás del velo. Cuando pasaba frente a la estatua de nuestra Madre bendita, me detenía a hablarle y a agradecerle por la delicadeza con que me había tratado, a traerme tan gentilmente y contra mi voluntad a este lugar de felicidad."
Un día, "estaba detrás del altar, muy ocupado pintado la pared. Tiré todo al suelo y en un impulso corrí, al cuarto del párroco y disparé las palabras que hacía tiempo estaban en mi lengua: ¡Quiero ser sacerdote!" No vaciló el ilustre prelado en brindarle toda su ayuda moral y económica. Pronto entró al seminario y en pocos años estaba listo para su ordenación.
Cuando la meta estaba cerca, su salud se quebrantó seriamente. Hubo noches en los que los médicos creyeron que no amanecería vivo. Era una tuberculosis avanzada. "Esto es finalmente la cima del calvario," se dijo e joven Peyton. Pero, "no lo permitiré, no voy a ser desengañado nuevamente. Pondré mi confianza en Dios y me le acercaré a través de su Madre."
"Yo sabía que toda la familia sufrió conmigo y por mí. No tardamos en darnos cuenta, con evidencia, del precio enorme que mi familia estaba pagando, con alegría, por mi curación."
Una tía le escribía desde Irlanda: "La oración constante de tu madre es que tus sufrimientos caigan sobre ella, para que puedas curarte y puedas volver a tu trabajo." "No era simplemente la expresión del amor natural de una madre por su hijo, sino que, sobre todo y más que todo, una motivación sobrenatural la inspiraba a sacrificar su propia vida voluntariamente, si esto salvaba la vida de otro que podía hacer más que ella para ganar almas para Cristo."
Una de sus hermanas hizo la promesa de que nunca se casaría y diariamente "ofrecía su vida para que sus hermanos sean sacerdotes y que nunca en toda su vida cometieran un pecado mortal." Su director espiritual le hacía sentir que María "es una persona real, que escucha, que ama, que responde. María es omnipotente en el poder de su oración y de su intercesión con su Hijo. María puede hacer cualquier cosa que Dios puede."
"Recé constantemente a María para que me curara. Era la víspera de todos los santos. La radio tocaba tonadas irlandesas."
Sintió al momento que "la opresión y la depresión y las tinieblas fueron arrojadas de mi alma y sustituidas por la claridad, la libertad y la esperanza. La neblina por fin se aclaró."
Pronto llegó el día tan ansiado de la ordenación. "El obispo me dijo que el yugo de Cristo es dulce y s carga ligera. Toda mi vida pasó ante mis ojos como una visión. Allí estaba yo, un campesino de pueblo, un obrero de carretera, un mozo de carga, transformado en otro Cristo. Se me daba poder para hacer a Cristo presente en la comunidad cristiana bajo la apariencia de pan y vino y se me autorizaba para perdonar los pecados en su nombre. Se me encomendaba predicar su palabra, de modo que, quién me escucha, le escucha a El, La Madre de Cristo era más que nunca mi madre. Si en el pasado tuvo tantas delicadezas conmigo, ¿qué no puedo esperar de ella ahora que yo soy otro Cristo? Este pensamiento me llenó de consuelo y exaltación indescriptibles. Como si tuviera el cielo en mis manos. Aquel día ofrecí mi corazón y mi alma por el amor de María."
Y así se realizó un milagro, un milagro de fe y de amor.