La conversión es un imperativo para quienes esperamos a Jesús

II Domingo de Adviento C (Lc 3:1-6)
Comentario al evangelio dominical en la Escuela de María Reina de la Paz

En la actualidad se estima que la población mundial alcanza los 6,000 millones de habitantes, de los cuales, sólo un 32% profesa el cristianismo (católicos, pr! otestantes y ortodoxos…juntos). El resto de la población mundial según sus creencias, la podemos dividir en: un 22% musulmán, un 13% hindú, 6% budista, 0.23% judía, un 15% atea o agnóstica, y un 13% perteneciente a otras religiones. O sea, que sólo 32% de la población mundial espera la segunda venida de Jesús; sólo unos 2,000 mil millones de los 6,000 que habita el planeta. Es cuestionable, que después de 2,000 años de cristianismo, todavía dos terceras partes de la población mundial, no espere el retorno glorioso de Jesús; estamos hablando de unos 4,000 millones de almas. Pero, de quienes creemos en Jesucristo, ¿cuántos estaremos preparados para su segunda venida? El segundo domingo de Adviento nos da la respuesta.

Antes que Jesús viniera al mundo en carne mortal, Dios Padre estuvo preparand! o pacien temente a Israel por unos 1,850 años. Y antes que el Hijo de Dios apareciera públicamente entre los suyos, hizo sentir su voz el «más grande de los nacidos de mujer» Lc 7:28; Juan, el hijo del sacerdote Zacarías: «Y se fue por toda la región del Jordán proclamando un bautismo de conversión para el perdón de los pecados, como está escrito en el libro de los oráculos del profeta Isaías: “voz del que clama en el desierto: “preparen el camino del Señor, enderecen sus sendas; todo barranco será rellenado, todo monte y colina será rebajado, lo tortuoso se hará recto y las asperezas serán caminos llanos. Y todos verán la salvación de Dios”» (Lc 3:1-6). Quienes creemos, entonces, que Jesús es el Hijo de Dios, no podemos pasar por alto! la actitud fundamental que el Padre desea encontrar en cada uno de sus hijos —creyentes o no creyentes—: la conversión. Eso es lo esencial. Y convertirse significa: darle a Dios cada día, el primer lugar en el corazón. Lamentablemente, muchas veces la vida de quienes seguimos a Jesús, presenta una realidad distinta: una enorme dicotomía entre fe y vida; una cosa se proclama con los labios y otra la que se vive en el corazón. Mahatma Gandhi pasaba horas estudiando la Biblia y la vida de Cristo. En particular, le gustaba la filosofía expuesta por Jesús en el Sermón del Monte. Tenía muchos amigos cristianos. Al preguntársele por qué no se convertía al cristianismo, respondió: —«Cuando usted me convenza de que los cristianos viven conforme a las enseñanzas de Cristo, seré el! primero en convertirme». Entonces, podemos preguntarnos: ¿Cuántos cristianos de los 2,000 millones del siglo XXI viven como Jesús vivió? ¿El cristianismo se ha reducido sólo a una corriente de pensamiento, o a una identidad de grupo social que se basa fundamentalmente en creencias, credos y dogmas?

La inminente celebración anual de la Navidad —como nacimiento en el mundo del Verbo de Dios— conlleva a los cristianos necesariamente, a un maduro examen de conciencia de cuanto Jesús nos enseñó. Responder al evangelio de este domingo, que urge la conversión, es pensar significativamente en la conversión; cuyo acto concreto sacramental se vive en la Confesión. Sólo allí, se repara el mal que hemos podido hacer y sacamos fuerzas nuevas para vivir al estilo Jesús!

La Madre de Dios que desde 1981 invita a la población mundial a la conversión, dolorosamente, recibe pocas respuestas. En el mensaje del 25 de noviembre pasado —como preparación a la Navidad— mencionó: —«No se resistan, sino permitan, hijitos, que Dios los guíe, cambie y entre en su vida. No olviden que son viajeros en camino hacia la eternidad. Por eso, hijitos, permitan que Dios los conduzca como un pastor a su rebaño. » Trabajemos, entonces, por aquello que ante Dios es esencial: la conversión del corazón.

¡Sea alabado Jesucristo!

 
 
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